La trampa del Body Positive (Parte 1): entre la libertad y la negación

Una reflexión personal y clínica sobre las tensiones y contradicciones de este movimiento social y su discurso

INTRODUCCION

Este es un tema que me atraviesa no solo desde mi mirada profesional, sino también desde mi propia historia, como mujer. Durante mi infancia y adolescencia, crecí en entornos muy exigentes, donde la apariencia corporal estaba constantemente bajo juicio ajeno. Alcanzar cierta perfección física parecía ser casi tan importante como obtener buenas notas.

Y no me refiero solo a comentarios directos sobre el peso, sino también a esas pequeñas situaciones cotidianas que, sin que nos demos cuenta, van dejando huella.

LA EXPERIENCIA CORPORAL Y LA VIOLENCIA NORMALIZADA

Cómo olvidar cuando, en el colegio, se hacían comentarios sobre el alimento que se comía, la cantidad servida o cuando se marcaban las habilidades físicas ─o la carencia de ellas─ sin ver el esfuerzo que muchas dedicábamos en mejorar. También recuerdo cuando, de forma completamente normalizada y aleatoria, nos pesaban cada cierto tiempo en el colegio, diciendo nuestro peso corporal en voz alta, lo suficiente para que todas escucharan. Recuerdo la angustia que sentíamos antes de que llegara nuestro turno: nos ponían en fila y, una a una, íbamos quedando expuestas.

Todo lo anterior son frases y gestos cotidianos que, en su momento, parecían inofensivos – incluso normales─, pero que con el tiempo van moldeando cómo nos relacionamos con el cuerpo. Son entornos que, de manera silenciosa y progresiva, ejercen presión y, porque no decirlo, violencia.

LA LLEGADA DEL BODY POSITIVE COMO ALIVIO

De modo que, cuando apareció el movimiento del Body Positive ─un enfoque social y cultural que busca promover la aceptación y el respeto hacia todos los cuerpos, independientemente de su forma, tamaño o apariencia ─, sentí algo parecido a un alivio. Después de haber crecido en espacios tan exigentes, ver discursos que hablaban de aceptación, de libertad corporal y del respeto por los cuerpos ajenos fue, al principio, como abrir una ventana después de mucho tiempo sin aire. Por un momento creí que, por fin, habíamos encontrado una manera más respetuosa de vincularnos con el propio cuerpo y con el de los demás. Lo sentí como si, de pronto, todas esas exigencias, juicios y presiones que habían acompañado mi historia encontraran una respuesta liberadora y casi definitiva.

CUANDO EL DISCURSO COMENZÓ A RIGIDIZARSE

Sin embargo, con el tiempo, este movimiento comenzó a inquietarme. La consigna se repetía en todas partes y, muchas veces, me parecía vacía e incluso contradictoria. Ver cómo se romantizaban ciertas situaciones ─ que en realidad implicaban sufrimiento o limitaciones importantes ─ me resultaba profundamente incómodo.  Aunque en un inicio parecía liberarnos de la exigencia constante, con el tiempo comencé a sentir cierto hastío. Empecé a notar que algo que había nacido desde un lugar necesario y reparador comenzaba, en algunas de sus formas, a teñirse de una negación disfrazada de libertad y felicidad.  Era un discurso que prometía aceptación, pero que a veces también ocultaba realidades difíciles.

Fue entonces cuando comencé a cuestionarme hasta qué punto este enfoque realmente promovía una relación más sana con el cuerpo y que tan saludable era el discurso que se iba construyendo en tormo a él. Una reflexión que me llevó a mirar este movimiento desde otra perspectiva y que abordaré en la segunda parte de este blog.

Aquí te dejo la segunda parte de esta reflexión en este enlace: leer parte 2.